Abrí la puerta y eras vos

Suena el timbre, no espero a nadie y me levanto sobresaltado porque sé que eres tú, sé que detrás de la puerta estás esperando por mí, casi te puedo ver, sé que no vienes a quedarte, sé que no será la primera ni la última vez que vienes para irte, abro la puerta y ahí estás, con los ojos rojos de llorar como tantas otras veces, bajas tu mirada para no cruzarla con la mía, no digo nada, sólo te dejo pasar, me abrazas con fuerza, me das un beso en la mejilla y me sueltas. Conoces el camino por mi apartamento, te sientas en la cocina, te pregunto si comiste, si quieres algo, te sirvo un trago de whisky en las rocas como te gusta, preparo la cena y tú me cuentas tus penas, me cuentas lo que él hizo esta vez, sus problemas, sus mentiras, sus promesas sin cumplir, su falta de empatía y todo aquello que te hace sufrir, y yo te escucho revolviendo mi trago con el dedo, y te veo, sí te veo, es lo que más me gusta, sigues siendo hermosa, incluso así, con la cara algo hinchada, con el cabello a medio peinar, vestida sin tu parafernalia habitual.

M.Angel Herrero / photo on flickr

Poco a poco movemos la conversación al cuarto, me adviertes que esta vez será distinto, que solo quieres ver una película y que te abrace, no te respondo, nunca sé qué responderte, pongo Notting Hill, sé que acá tu película favorita no es La Naranja Mecánica como dices en las reuniones con amigos, me dices que te conozco y yo lo pongo en duda pero callo, no quiero romper el momento, te acuestas a mi lado, o mejor dicho te acurrucas a mi lado, y yo te abrazo, pienso en él, me pregunto si sabrá que estás acá, si sabrá que es acá en esta habitación que te refugias, y sonrío, sonrío porque sé que en este instante eres mía porque él no puede tocarte. Acá él no existe. Digo algo que ha debido parecerte gracioso, tu risa me golpea.

Te quedas dormida en mis brazos y te acomodo en la cama, yo no dormiré, nunca he podido contigo aquí. Finalmente apago la luz y me acuesto viendo el techo, mi corazón late a mil por hora, te escucho respirar, huelo tu cabello, estoy intoxicado, me volteo para tratar de dormir, sabiendo que no lo lograré, siento que te mueves, que me acaricias, te acercas y al oído me preguntas si duermo, no te respondo porque sé que sabes la respuesta, tu mano fría y suave se desliza por mi entrepierna, ahora ya lo sabes con certeza, me volteas y me besas, esta vez con pasión, con ganas, con el deseo contenido, te encanta este juego, siento tu cabello largo y ondulado rozar mi pecho, no me desnudas, no hace falta, intento tocarte pero no me dejas, tú quieres el control, hoy necesitas controlar algo en el caos de tu vida y yo me dejo, al menos un rato,  te traigo hacia mi, sin resistencia te penetro, y tú haces que me vuelva a acostar, sí, sigues en control, tranquila, susurro sin que me escuches. Pronto nuestros gemidos llenan el cuarto, me levantas la camisa y siento tu pecho desnudo contra mí, te quedas quieta unos segundos, puedo sentir tu corazón, no estamos haciendo el amor, eso está prohibido para nosotros, gente como tú y como yo no creemos en cursilerías, lo demás es para cuentos de hadas, para novelas adolescentes o al menos eso me dijiste hace tiempo en esta cama. Acá no hay amor, es verdad, pero hay entrega y desenfreno, hay besos, caricias, rasguños, mordiscos, piel, violencia, paz, caos, ritmo, armonía, confianza, todo, nada, el universo, sudor, gemidos, suspiros, gritos, silencio, calor, sábanas, oscuridad. Siento unas gotas que caen en mi pecho y me pregunto si son lágrimas, en verdad no quiero saberlo, siento cómo te tensas, ya no estás encima de mí, ahora soy yo quién tiene el control, no parece molestarte, me atrapas con tus piernas, te siento cerca, tan cerca, quisiera hablarte, pero hace rato que aprendí a no hacerlo, tus uñas en mi espalda me dan la señal, aceleramos el movimiento, por un segundo nada existe, todo es silencio y después, después viene todo, es una ola que nos atrapa, nos revuelca y nos devuelve a la orilla, separados, como si acabáramos de naufragar. En la oscuridad me sonríes y yo te doy un beso, te quedas dormida, te ves en paz, te ves tranquila, te ves ajena.

Falta poco para que amanezca y mientras se va a aclarando la habitación la distancia entre nosotros se hace mayor, se me hace imposible respirar, sigo viéndote, imaginando que te levantas y desayunamos juntos, que te quedas, que salimos juntos al trabajo, mañana no podré trabajar, muero del cansancio pero no puedo dejar de verte.

Finalmente te despiertas y yo me hago el dormido, caminas desnuda hasta el baño y yo te veo como la última vez y como la vez anterior y la anterior a aquella y yo en ese momento entiendo todo, entiendo la perfección, es casi como tocar a Dios, pero dura demasiado poco, el momento se me escapa y ya no vuelve, la comprensión que tenía se ha esfumado, ahora no entiendo nada, no te entiendo, no te quiero entender y vienes al cuarto a vestirte, y yo te veo con los ojos entrecerrados, fingiendo que duermo, y es como ver un accidente en cámara lenta, cuando terminas me despiertas, me pides que te abra la puerta y no me queda de otra, no mediamos palabras, al llegar al umbral, me das un beso y al oído me das las gracias, torpemente te digo que cuando quieras, ¿habré roto la magia? quizá, y te imagino regresando a él, abrazándolo, pidiéndose perdón, quizá sepa de mí, espero que no, te dejo ir como siempre, sin certezas ni promesas, y con el sobresalto intacto cierro la puerta tras de ti.

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Crónica de una depresión

I.

Cuando estaba en segundo grado mis padres me regalaron un Nintendo que traía el primer juego de Mario y la pistola para el juego de cazar patos. Desde el momento en que tuve ese control en las manos, los videojuegos se convirtieron en eso que llaman un “Objeto Transicional”, es decir, una zona intermedia entre la realidad y yo. Durante más de veinte años no hubo un día malo que no mejorara con un par de horas de juego, desaparecía por un rato y regresaba con la cabeza fresca, listo para afrontar lo que fuera. Así fue hasta el día que me empezó la depresión.

Tiempos más simples

Tiempos más simples

Hace un par de semanas leí este artículo acerca de la experiencia de una chica deprimida y me hizo querer escribir también al respecto de este tema incómodo y de mi propia experiencia con ese trastorno mental ahora que ya lo he superado o por lo menos la peor parte.

En el 2010 dejé mi país para venirme a estudiar con mi (ex) esposa a España. Al principio todo era ilusión y esperanzas de un futuro mejor. Pero no tardamos mucho en darnos cuenta de la realidad laboral del país sobre todo en mi campo; lo contrario del de mi ex quién en poco tiempo arrancó unas pasantías en informática, su área de formación. Paralelamente, mi ex sufría por aquel entonces de sus propios trastornos de ansiedad con los que tuve que lidiar hasta que empezó su tratamiento.

Ésta fue la primera fase de mi depresión, la de negación total del problema. Por un lado tenía que afrontar la realidad de la emigración: la soledad, la adaptación,el dinero, entre otras cosas. Me fui encerrando en mí mismo, no decía nada a mi familia porque muchos no querían que me fuera y no quería decirles que estaba mal, tampoco a mis amigos en Venezuela por no preocuparlos, a la gente que estaba conociendo acá en Madrid, menos, incluso a mis amigos de acá no les decía nada porque sabía que todos tenían sus propios asuntos.

"¿cuál es el sentido de la vida?

“¿cuál es el sentido de la vida?

En mi mente todo lo que estaba ocurriendo era enteramente normal. Ya me llegaría un trabajo, el dinero aparecería, me adaptaría y mi ex eventualmente aprendería a manejar su ansiedad. Cualquier mención a alguno de los focos de mis problemas sólo conllevaba a una mala respuesta probablemente cargada de ira y frustración. Todo esto lo tuvo que asumir mi ex mientras luchaba con sus propios demonios. No había forma que tan siquiera reconociera que nada estaba saliendo como esperábamos.

Mientras tanto intentábamos tapar todo con viajes que no podíamos asumir, comprando cosas que no necesitábamos y cada cuál en su propio mundo. Cuando quería hablar con mi ex, no podía porque pensaba que iba a echarle fuego a su ansiedad, por tanto, prefería quedarme callado. Todo esto me paralizó. Pensaba constantemente en  estos problemas al punto que era incapaz de salir de casa o realizar cualquier tarea. Lo máximo que podía hacer era cocinar y sacar a pasear a mi ahora también ex-perra.

Sin embargo sí que podía disfrutar de muchas actividades, salir con amigos y viajar siempre me producía la sensación de normalidad y de que todo estaría bien. Igual podía jugar con mi PS3 y matar horas en eso. Habían muchos momentos en los que me sentía tranquilo y esperanzado. Además, intentaba sacar fuerza para apoyar a mi ex y buscar la manera de hacerla sentir bien. Creía que si lograba que ella estuviese bien, yo estaría bien. Craso error.

II.

Finalmente cuando ella empezó a recibir tratamiento para sus problemas de ansiedad y empezó a mejorar, yo reventé. Sentí que me había quitado un gran peso de encima, pero debajo del alivio lo que me esperaba era mi propia depresión. Estaba en la segunda fase, la aceptación. Esto ocurrió a principios del año pasado. Llegó el momento en que me dije a mí mismo: hay un problema.

Hasta este punto me sentía simplemente adormecido, como si me hubiese echado lidocaína en el cerebro. Cualquier sentimiento que considerara negativo, rabia, tristeza, frustración, lo escondía bajo la alfombra del autoengaño. Todo va a estar bien y ya pasará eran mis mantras. No me permitía sentir nada que no fuera una falsa esperanza. Mi energía completa se me iba en esa farsa, con frecuencia no era suficiente y tenía arranques de rabia como ya mencioné.

Pero ahora me veía en la necesidad de ver el problema a la cara. Reconocer la posibilidad de que no todo iba a estar bien y que la forma en la que me sentía podía no ser pasajera. Por supuesto se trataba de un prospecto horrible. En este punto ya no teníamos casi dinero y era imposible para mí no ver todo negro. No quería devolverme a Venezuela pero no tenía idea de cómo iba a estar en España. Era un punto de honor. Seguía sin contar con mi familia, sin mis amigos y sin mi esposa, que apenas estaba empezando a tener control sobre sus problemas.

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Me cuesta mucho pedir ayuda. Por un lado, soy muy orgulloso y no me gusta admitir que no me sale bien algún plan, por el otro, no me gusta cargar a nadie con mis problemas, creo que todos tienen suficiente como para tener que atenderme a mí. Además, si ya existe un prejuicio en contra de la depresión, ese prejuicio se multiplica cuando es un hombre quién la sufre. A nadie le gusta un hombre deprimido. Y yo mismo me juzgaba duramente por estar así y no tener trabajo. Estamos acostumbrados como sociedad a aceptar a regañadientes que una mujer se deprima, también por una serie de prejuicios y roles, pero un hombre que está deprimido es considerado inútil. Si eres hombre y estás deprimido o eres “emo” o una mariquita.

En ese estado es difícil pensar y actuar, de nuevo estaba paralizado, pero intentaba obligarme a salir más de casa. Sin ánimo de sonar dramático, estar deprimido es como estar en la oscuridad, pero no en esa oscuridad citadina donde siempre hay una luz. No, es algo más como estar envuelto en una oscuridad espesa que no te deja ver nada y que además no te permite moverte. Es un sótano húmedo donde a veces se abre la puerta y entra un poco de luz.

Así me sentía todo el tiempo. Al entender que estaba deprimido ya no me molestaba siquiera en pretender que no pasaba nada. Ni siquiera me molestaba en estar triste o molesto o algo. Todo me daba exactamente lo mismo. Empecé a correr en las mañanas y por un tiempo pareció funcionar. Supongo que eran las endorfinas porque luego de correr sentía cierta claridad y a ratos me podía concentrar en alguna actividad.

Pero luego pasó algo bueno: conseguí una pasantía en una empresa reconocida y con ciertos beneficios. En este punto, mi mayor preocupación era el dinero y esto me iba a venir bien. Paralelamente, a mi ex le salió la residencia en España y empezó a ganar bien en su trabajo al ya no estar más en pasantía. Parecía que todo se iba a arreglar. Al principio, una suerte de euforia nos embargó, finalmente todo se iba encarrilando.

Sin embargo todo era un castillo de naipes. La depresión seguía ahí. Latente en todo lo que hacía. Resolver el problema del trabajo no resolvía nada en realidad, sólo la puso en una pausa por decirlo de alguna forma. Igual no quería ver a nadie ni hablar con nadie. No me gustaba para nada el trabajo, aunque se me hacía llevadero gracias a la gente con la que trabajaba. Esta fue quizá la época más falsa de mi vida. Todo era fingido. Socializar era lo que más me costaba. Y durante todo el año no dejamos de recibir visitas; era imposible agarrarle el hilo a mi vida, a mi rutina y a mi relación de pareja. De 12 meses pasamos casi 5 con gente en la casa. Con algunos era más fácil fingir que con otros. Pero lo cierto del caso es que eso no ayudó en nada y hoy en día pienso que empeoró toda la situación.

Quizá debería sonreír hoy

Quizá debería sonreír hoy

Me quedé sin espacios y sin excusas para estar deprimido. Entonces me decía a mí mismo que no podía estarlo. Empecé a llevar una “media sonrisa” como diría mi ex. Así me sentaba a la mesa de amigos y conocidos sin ganas de hablar de nada pero obligándome a tapar incluso los silencios, no fuera que se diera cuenta alguien de lo mal que me sentía. Aunque en el momento no me sentía mal, tampoco me sentía bien, me sentía nuevamente adormecido. Nuevamente, llenamos los huecos con viajes y gastos que no podíamos permitirnos.

En el trabajo empecé con mucha fuerza y energía pero al poco tiempo la apatía empezó a consumirme. Pues al final del día la depresión no es estar triste, llorando todo el día, es simplemente que nada te importa. Días iguales uno tras otro. Cualquier tarea por mínima que parezca es una lucha constante. Además, no recibí feedback por parte de mis supervisoras en la pasantía y no me di cuenta en qué momento me dejó de importar, si es que en algún momento me importó. Es obvio que esto fue una irresponsabilidad de mi parte. En eso he estado claro desde un principio, incluso mientras lo vivía. Pero no podía hacer más. Imposible hacer más en ese estado emocional.

Durante los momentos de claridad logré escribir un par de artículos que fueron virales, eso me permitió conocer vía redes sociales un grupo de personas interesantes con las que he logrado hacer amistad. Relacionarme por internet era una de las pocas formas de socialización que todavía podía llevar a cabo pues no requería contacto directo con nadie. No tenía que estar pensando en qué cara poner o cómo reaccionar ante una situación. Y si quería dejar de hablar simplemente me iba. Tenía años sin relacionarme con gente nueva por internet pero me ayudó mucho no tener la carga de tener que concentrarme en una conversación.

En esta época me volví experto en “estar y no estar”. No importa dónde estuviese, quería estar en otro lado. Si estaba en el trabajo quería estar en casa, si estaba en casa quería estar en la calle, si estaba en la calle quería estar en la casa y así al infinito. En el único sitio en que realmente me encontraba era dentro de mi cabeza. Porque de eso también va la depresión, de pensar todo el tiempo en todo, al final eso es lo que te paraliza.

III.

Acabó por pasar lo lógico, no me renovaron la pasantía. La empresa en típica forma empresarial no se dignó siquiera a hablar conmigo antes y yo hice el esfuerzo mínimo por obtener feedback. Pero en todo caso, eso se acabó y dio inicio a una tercera fase: la lucha interna. En este punto era más que evidente para mí y para mi ex que había un problema más grande que simplemente no tener trabajo. En ese punto me di cuenta que algo estaba roto en mí y no tenía idea de cómo pegar los pedazos. Todo el choque emocional de quedarme sin trabajo y entender que estaba mal lo tuve que vivir con visita en casa. Definitivamente, no era el mejor momento para ello porque además era una visita intrusiva que no conocía los límites básicos de convivencia. No tenía espacio para huir por ningún lado. No podía jugar PS3, no me podía encerrar en el cuarto. No podía hacer nada más que desesperarme más y más. Imposible de explicar esto a alguien que se crió así, no había mala intención pero no ayudó en lo más mínimo.

Mientras estuvo la visita y los días inmediatamente posteriores fueron algunos de los días más pesados para mí. Levantarse de la cama era realmente una proeza para mí. En ocasiones tenía que buscar una razón para hacerlo en lugar de quedarme acostado todo el día. La única razón por la que lograba pararme, acoto que esto es literal: estoy hablando de salir de la cama y vestirme, era mi perra que necesitaba su paseo matutino. Acá me detengo un momento para hacer la salvedad que Lily fue el único el apoyo constante e incondicional que tuve durante todo el proceso depresivo, sólo por eso vale la pena tener una mascota porque nunca te va a pedir nada a cambio ni mucho menos te dará la espalda.

Te extraño, amiguita

Te extraño, amiguita

Me podía pasar horas muertas sentado sin hacer nada, pensando en todo los problemas que estaba teniendo pero sin vislumbrar ni una solución porque cuando estás deprimido las soluciones simplemente no existen como algo real, son quimeras que no están presentes en el reino de lo posible. Al punto que cualquier solución se aparece como una complicación aunque a veces sea sencilla.

Acá entendí que yo no estaba en control, estaba completamente controlado por la depresión. Mi personalidad cambió por completo. De ser una persona orgullosa, incluso a veces altanero, pasé a ser sumiso al punto que cualquier atención hacia mí me parecía una caridad. Siempre he sido tímido pero en esa época iba más allá de eso, ni siquiera con la gente que conocía de toda la vida podía hablar con confianza. Quizá con uno o dos amigos, pero poco más. También era independiente y creativo, ahora ya no. Era incapaz de tomar una decisión porque era incapaz de que me importase. Cualquier decisión que tuviera que tomar lo hacía apelando a la lógica y al sentido común, ambos nublados por la depresión.

Por su parte, mi ex estaba pasando por un buen momento profesional, le gustaba su trabajo, había hecho amigos y tenía dinero en el bolsillo. Finalmente, después de años de estar mal, se encontraba en una buena posición mientras yo estaba en la mierda. Como dije, a nadie le atrae un hombre deprimido, un hombre que es un inútil y que lo único que hace es pedir cariño y comprensión. Esto produjo un círculo vicioso en el que yo necesitaba abrazos y ella no me los podía dar. Sólo le generaba rechazo y rabia.

Empecé una rutina de ir a correr, aprender idiomas y estudiar a ver si lograba mantener la concentración. También comencé a ir a psicoterapia por presión de mi ex, cosa que hoy en día agradezco, donde lo primero que aprendí es que no tenía porqué quedarme para siempre así, que todo podía cambiar y que lo que hacía falta era entender bien lo que me pasaba. Me recetaron antidepresivos.

Felicidad en cápsulas

Felicidad en cápsulas

Los resultados empezaron a aparecer pronto. No sin antes pasar unas semanas espantosas de emociones desbordadas. De llorar solo, de desesperarme por cualquier cosa, de necesitar constante validación, de necesitar alguien que me escuchara sin darme consejos tontos y sobre todo necesitaba cariño que no recibí y que pensaba que no tenía por qué recibirlo, que no me lo merecía por haber caído en una depresión, por no tener trabajo es decir por no cumplir mi rol de macho cazador, por ser incapaz de concentarme o de encontrarle rumbo a mi vida. Yo genuinamente creía todo esto y la actitud de mi ex no hacía más que reforzar esa apreciación.

Acá me detengo nuevamente y hago una aclaratoria, puede parecer que estoy aprovechando esto para hablar mal de mi ex o para juzgarla y no es así. Mi depresión la viví con ella y no hay manera de desligarla de la historia. Admito que no era una persona fácil de tratar o de estar durante este período. Entiendo también que si ya no estaba ella mal tomara la decisión de no cargar conmigo. Aprecio el esfuerzo a nivel económico que hizo y que tuviera la valentía de decir no puedo más. Yo no era yo. En todo esto perdí por completo mi identidad. Eso no quita que para mí un matrimonio se supone que es para apoyarse.

Continúo, el tiempo que pasé con todo revuelto mientras trabajaba en la depresión fue la época en que más solo me sentí. Era estar solo todo el tiempo, encerrado en mis problemas. Sin ningún apoyo discernible. Paradójicamente la sensación de estar atrapado en un sótano se fue disipando. Lo primero que trabajé con el psicólogo fue aprender nuevamente a quererme yo mismo. Suena cursi y ridículo, pero cuando lo estás viviendo es importante. Es importante saber que vales de algo.

Poco a poco, aunque no tenía trabajo todavía, fui aprendiendo a ser yo nuevamente, a tomar las riendas y dejar de verlo todo a través de la depresión. Problemas que antes me parecían imposibles de solucionar ahora los entendía mejor. Ahí me di cuenta que tenía el cerebro casi muerto. Y empecé nuevamente poco a poco a ser yo, a dar mi opinión y a exigir lo que necesitaba para salir adelante.

Por un momento parecía que todo iba a arreglarse, sin embargo, nuevamente la rutina fue interrumpida por la llegada de visita. Nuevamente me quedé sin espacio y lo único que hubo fue más distancia. Nos fuimos a pasar el año nuevo a Lisboa, estuvimos en una plaza llena de gente. Yo no quería ir pero fui obligado para guardar las apariencias. Jamás en mi vida me sentí tan solo entre tanta gente. Creo que fueron las peores vacaciones. No disfruté nada. En este punto también entendí que tu familia es tu familia y la familia de tu pareja es su familia. Es una gran mentira eso de que te casas y se unen las familias. Lo aprendí a los carajazos, pero lo aprendí. A la hora del té cada quién cuida a los suyos y así debería ser.

IV.

Justo después del viaje nos separamos. Por supuesto me sentí como la mierda, estaba por el piso. Pero había algo distinto a cuando estaba en la parte más dura. En el fondo sabía que todo lo que estaba sintiendo era pasajero. Y sí, tuve que trabajar el duelo, aceptar la pérdida de mi matrimonio con todo lo que eso implicaba. Era un vaivén de emociones extremas y sin embargo ya no estaba perdido. Finalmente pude hablar con mis padres, con mis amigos y con cualquier extraño que quisiera escuchar. Creo que ahí fue cuando acepté que ya estaba en la fase de recuperación.

No importa lo mal que me pudiera sentir, tenía la certeza de que no era para siempre que me iba a sentir así. Luego de pasar un año o más pensando que nada tenía solución, que todas las ilusiones, esperanzas, expectativas y planes de vida que tenía carecían de sentido porque no se iban a poder realizar, tener alguna certeza es bien recibido.

A lo mejor no todo está perdido

A lo mejor no todo está perdido

Lo más importante de esta fase fue darme cuenta que no estoy solo. Mi mejor amigo me recibió en su casa por más de un mes, sus compañeros de piso en todo momento me trataron como uno más. El grupo del curso que estaba haciendo, con quienes había compartido muy poco mientras estudiaba con ellos, ahora los considero mis amigos y me lo paso muy bien con ellos. Y luego está mi familia, no importa que tan lejos esté, ni si pasamos tiempo sin hablar o lo que sea, ahí estuvieron todos al pie del cañón. Aún siento que no puedo hablar de mis problemas con ellos porque su respuesta para todo es “regresa a casa” y no es lo que necesito. Más allá están mis amigos de toda la vida, desperdigados por el mundo, algunos en Venezuela, algunos fuera pero todos pendientes. Cuando piensas que no vales absolutamente nada y la persona que se supone debería hacerte sentir que sí, te hace sentir que vales menos que la nada; es un gran alivio contar con una red de afecto fuerte. Fue darme cuenta que siempre estuvieron ahí, que quién estuvo ausente era yo.

En febrero estuve en Venezuela y no hice más que recargar baterías, dejarme querer como dicen. Entender que si bien no soy perfecto, tampoco merezco sentirme como un cero a la izquierda. Estar allí me sirvió muchísimo para comprender que ya tampoco ahí está mi lugar. Que no sé cuál será mi lugar y que no tengo que saberlo. Al regresar a Madrid me esperaban mis amigos de acá que se han ocupado de mantenerme entretenido, retomé el contacto con uno de mis mejores amigos de la infancia y son pocos los fines de semana que no hago nada.

He aprendido mucho de mí mismo en esta experiencia. Por ejemplo, no todo el que te quiere ayudar puede hacerlo; hay mucha desinformación al respecto de la depresión, hay quién piensa que a uno le gusta estar regodeándose en las miserias propias y victimizarse todo el tiempo, que si no eres feliz es porque no te da la gana, hay el que te da un atajo de frases de Coelho, Chopra y demás especies de autoayuda o religiosas aunque se aprecia la intención mi vida no va a cambiar porque el tiempo de Dios sea perfecto o por la ley de la atracción. Lo siento, eso no funciona y en la mayoría de los casos lo único que provocaba encontrarme con algo así era rabia, tampoco ayuda la gente que te quiere resolver el problema como si fuera cuestión de pasar un suiche. Sin embargo, nuevamente, se aprecia la intención porque en la mayoría de los casos lo que hay es cariño y amor. Un dato, tampoco se hace nada decirle a alguien deprimido: “llámame si me necesitas”. Nunca va a llamar, si quieres ayudar, llama y si es necesario obliga a la persona a salir. Lo que me lleva al otro punto, no todo el que te puede ayudar quiere hacerlo; ayudar a una persona deprimida requiere de fuerza, tolerancia y paciencia, sin eso y sin cariño no se puede hacer nada excepto empeorar la situación, en ese caso es mejor ser honesto como mi ex y decir: no puedo más. Porque al final era como estar bajo el agua y cada vez que intentaba asomar la cabeza, me empujaba de nuevo hacia abajo. No es coincidencia que ahora esté en un punto en el que pueda no sólo hablar de esto con la gente sino contarlo a quién sea que esté leyendo.

Y escribir esto es un riesgo para mí, es someterme al escarnio, a aparecer en google con un resultado como éste. Contando que hubo un tiempo cuando tomaba medicación para la depresión. Lo escribo porque me ayudó mucho en su momento leer las experiencias de otras personas.

Buen consejo pero en moderación

Buen consejo pero en moderación

Lo peor que me podía pasar o lo que yo creía que era lo peor que me podía pasar era una separación, pasó, sobreviví, no me siento deprimido. Hay cosas que todavía me duelen y a veces estoy triste. Pero la mayoría de las veces aún cuando no tengo idea de lo que voy a hacer en el futuro próximo, no me siento desesperado ni me quedo dando vueltas a la cabeza sin saber qué hacer. Es un día a la vez. Sigo recuperándome pero al menos ya tengo herramientas para combatir la depresión si asoma su cara. En la segunda película del Señor de los Anillos el Rey Théoden sale de un hechizo gracias a Gandalf, es una buena representación visual de cómo me sentí después de estar en Venezuela.

Aprendí también que la felicidad no es esa que te venden en la tele, no es tener un carro, una esposa, unos hijos, un perro, una casa en la playa ni acumular porquerías, la felicidad no se encuentra en palabras inspiradoras sobre una foto filtrada con Instagram. Al menos no para mí. Creo que mi problema era pensar que eso podía traer la felicidad. En este punto creo que la felicidad es secundaria, yo quiero que mi vida tenga sentido, si logro eso la felicidad vendrá sola o quizá no, no me parece importante. Soy feliz en pequeñas dosis, tomando una cerveza con un amigo, viendo una buena película y sobre todo: escribiendo. Quizás no llegue a nada con eso, pero de seguro me divertiré intentando. No tengo mi vida resuelta y aunque me preocupa, creo que tengo tiempo todavía.

 

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La Casa de Melquíades

En Maracaibo existe una casa que me obsesionó durante años, se encontraba en una avenida muy transitada, donde a toda hora se pueden ver los destartalados carritos por puesto de la ciudad y respirar el humo negro de los autobuses mientras se disfruta de alguna hamburguesa callejera. La casa en cuestión ocupaba una manzana y fue para mí un gran misterio sin resolver.

Nantes - Jardin des Plantes
Werner Kunz / Travel Photos / CC BY-NC-SA

Cuando estudiaba el bachillerato solía regresar caminando, a veces algún compañero aventurero se atrevía a aguantar el sol marabino para hacerme compañía, sin embargo, la mayoría de las veces volvía solo, eran ratos valiosos pues me permitían airear mis pensamientos, que a esa edad no eran gran cosa, pero no por eso menos tormentosos.

El recorrido siempre era el mismo, no me gustaba variar, era una rutina especial para mí. Paraba en alguna librería a husmear las revistas o buscar algún libro que me interesara, a mitad de camino tomaba un refresco, era bastante rutinario como ya he dicho, lo hacía de manera automática mientras leía concentrado algún libro. No recuerdo cuántas veces habré pasado frente a la casa sin haberla notado, creía conocer las calles por las que caminaba todos los días y aún así, por un buen tiempo, la casa permaneció escondida.

En cambio, sí recuerdo con claridad el día que la vi por primera vez, fue uno de estos días húmedos, nublados y calientes de Maracaibo, de esos que esperas la tormenta en cualquier momento. Venía completamente absorto en mis pensamientos, abstraído de todo, cuando tropecé con una grieta en la acera. No llegué a caerme, pero el choque fue suficiente para volver a la realidad, y cuando lo hice, seguía algo desorientado, intenté ubicarme pero no reconocía el lugar. Pasarían unos pocos segundos para empezar nuevamente a reconocer el paisaje aunque había en él algo nuevo.

Estaba parado frente a una puerta que daba al patio de la casa. Desde ahí se podía ver un patio grande, con la grama completamente verde y podada. Un árbol inmenso y frondoso daba sombra a todo el patio. Al fondo, se encontraba la casa en sí, no podría tener menos de 40 años por su estructura y su estilo de construcción, toda pintada de blanco, marcos de piedra y el enrejado de hierro negro. Quizá, cada detalle por separado no hubiese sido suficiente para llamar mi atención. Pero el conjunto formado por la casa, completamente blanca, sin manchas de smog o de humedad, el árbol con su copa que cubría el cielo de la casa, su puerta antigua, enmarcada entre rejas cubiertas de enredaderas, en medio además del caos propio de Maracaibo, me deslumbró por la belleza de ese sitio tan ajeno al tiempo y al espacio donde se ubicaba.

A partir de ese momento contemplar la casa se convirtió en parte de mi rutina, no había día que pasara en que no reparara en algún detalle, las cortinas blancas de la ventana, una veleta de gallo, un columpio al final del patio o un pequeño jardín con flores en la entrada de la casa. Aunque la casa siempre permanecía igual, todos los días encontraba algo nuevo para maravillarme. Un mes pasé contemplando la casa con ilusión, hasta entonces todo era admiración y las posibilidades que representaba, un punto de la ciudad negado a morir, un espacio con sus propias reglas.
Un día particularmente soleado, cuando en Maracaibo todo se convierte en un reflejo amarillo, reparé en un detalle inquietante. En todo el mes jamás había visto a nadie entrar o salir. Tenía la impresión de ver alguna vez unos carros viejos pero nada más, nadie en la puerta o el patio, nadie limpiando ni en las ventanas.

Por un momento la revelación me aturdió y empecé a buscar posibles explicaciones, siempre pasaba a la misma hora, quizás los habitantes de la casa trabajaban o comían a esa hora, además el calor del mediodía solía ser inaguantable para cualquiera, por tanto era poco probable que nadie saliera al patio, sería incluso una locura. Eso me tranquilizó, pero el pensamiento que me intrigaba continuaba presente. Si nadie vivía ahí, ¿quién mantenía esa casa en perfecto estado?.

Las cosas en mi propio hogar no andaban bien, papá y mamá se pasaban el día discutiendo en un ciclo infinito de amor y odio. Aproveché la situación para empezar a ir al colegio caminando en vez de que mi madre me llevara cada día, mi objetivo era uno solo, ver entrar o salir a alguien de la casa. Eso me tranquilizaría o al menos eso creía Ahora tenía dos oportunidades al día de verla. En las mañanas cuando pasaba estaban todavía encendidas las luces de la calle y sin embargo, en la casa no se veía ninguna luz, ni se escuchaba el ronroneo de los aires acondicionados.

De más está decir que mi curiosidad aumentó, intenté reclutar amigos para que entre todos vigiláramos la casa y descubrir finalmente a sus misteriosos habitantes. Pero nadie veía qué tenía de especial y pronto tuve que dejar de hablar de ella para no pasar por loco, aunque eso no disminuyó en nada en mi obsesión. Ya no me bastaba con ir dos veces al día, empecé a ir en las tardes e incluso alguna vez llegué a ir de noche, sin encontrar jamás una prueba de que alguien tan siquiera pasara por allí, la única señal que tuve fue una mañana que vi unas hojas caídas del árbol y en la tarde ya no estaban, indicando que alguien había tenido que recogerlas.

Las vacaciones de agosto llegaron sin avisar, mis amigos solían viajar todo el mes, nuestra familia tenía la misma costumbre pero este año la situación en casa con mi padre sin empleo y mi hermano mayor yéndose a Caracas a estudiar no permitió irnos un mes a disfrutar las playas de Falcón como era tradición. La mitad del tiempo la pasaba en mi cuarto leyendo y la otra mitad vigilando la casa, cuando se tienen quince años, dos meses de vacaciones son una eternidad, eso significaba que tenía todo el tiempo del mundo para dedicarme a observarla y encontrar respuestas al misterio que me estaba volviendo loco.
Si al principio mis teorías se basaban en lo verosímil, una pareja de ancianos, alguien que trabaje fuera de la ciudad o por las noches y duerme de día, luego de tener meses sin respuesta, mis elucubraciones empezaron a moverse hacia el lado de lo fantástico. Quizá el dueño era algún vampiro centenario por lo que tendría sentido que nunca se viera a nadie, o la casa estaba bajo algún hechizo del gitano Melquíades como su habitación en el hogar de los Buendía, tal vez toda la casa era un Aleph, un vórtice donde existe todo el tiempo y todo el espacio, así crecía en mi mente la leyenda de la casa, inventando una nueva teoría cada día que apuntaba en un cuaderno con mis divagues.

En cierta ocasión pasó algo fuera de lo común, ese día una de las puertas laterales de la casa estaba abierta. La tentación de finalmente entrar y tocar el timbre con cualquier excusa era grande, el corazón se me aceleró, pero luego el miedo a encontrarme con alguna realidad mundana me hizo retroceder, al punto que salí corriendo hasta llegar a casa. Para aquel entonces, dedicaba buena parte del día a estar sentado vigilándola cada momento.

Atribuí lo sucedido a alguna fuerza superior que no quería que descubriera todavía el misterio. Sin embargo, algo cambió en mí y dejé de ir a sentarme frente a la casa todo el día, decidí cambiar la estrategia e ir por ratos más cortos cada vez pero sin seguir patrón alguno, lo mismo aparecía en la mañana que por la tarde o en la noche y nunca a la misma hora.

Cuando faltaban apenas dos semanas para regresar a clases, mi padre consiguió un trabajo en Mérida y nos mudamos, al principio pensaba todo el día en la casa y su significado pero cuando volví a clases y conocí nuevos amigos, e incluso a mi primera novia, la casa se fue haciendo cada vez más un recuerdo lejano que de cuando en cuando aparecía en mis ratos de ocio. Pasaron años para que volviera a Maracaibo, ya estudiando en la universidad fui a visitar a unos amigos, al salir empecé a caminar y sin darme cuenta terminé frente a la casa, que seguía ahí, inmune al tiempo y sus efectos. No podía creerlo, me sentí aliviado de que no fuera un producto de mi imaginación adolescente. No tenía ningún interés ahora de descubrir el misterio, me bastaba con saber que seguía ahí.

Siguieron pasando los años y el recuerdo de la casa me asaltaba de repente, las preguntas que me atormentaron en aquella época ahora me las hacía con serenidad y aunque no tenía respuestas, no me hacían falta tampoco. Varias veces volví a verla en mis viajes a Maracaibo y siempre igual, inmaculada, blanca, en otro tiempo.

La vida pasó y mis viajes se fueron espaciando cada vez más hasta que un día simplemente ya no volví. Cuarenta años pasarían para que regresara a la ciudad que me había visto nacer. El motivo de la visita era asistir a una conferencia que dictaría un colega. Al terminar nos fuimos a un bar a tomar las cervezas más frías del mundo que sólo son servidas en la aridez marabina. Juan me comentó que se mudaría definitivamente a Maracaibo, que en la universidad le habían ofrecido trabajo y que sería bueno para él echar raíces en algún lado. Incluso, ya tenía una casa para mudarse con su familia. Me preguntó si quería verla y dije que sí, sin darle mucha importancia, quedaba cerca del bar y podíamos ir a pie.

Yo seguía a Juan pues estaba un poco atontado por la cerveza, sin embargo el camino me estaba empezando a resultar familiar, mis pies me estaban llevando directo a la casa, mi corazón empezó a latir cada vez más rápido, y respiré profundo al ver que cuando estuvimos en la puerta, Juan sacó de su bolsillo unas llaves y abrió la puerta, mientras me comentaba que la había conseguido baratísima, hasta hace poco sólo había vivido una familia que tenía negocios en España y pasaban la mitad del año entre continentes, algo más habrá comentado pero en mi estupor no lograba concentrarme en nada.

Finalmente entré en la casa y el hechizo de Melquíades se había roto, dentro sólo existía la más absurda normalidad, los muebles pasados de moda cubiertos de sábanas y unos candelabros de vidrio que recargaban el ambiente, vi el polvo que cubría las ventanas, la humedad que quebraba la pintura del frente, las raíces del árbol que rompían el concreto…y me vi a mí mismo en un espejo, viejo y acabado, vi las posibilidades perdidas, los caminos no tomados por miedo, me vi como parte de ella, al final quizá el misterio era mi propia vida. Al final, ni la casa ni yo éramos eternos ni mágicos, tan solo éramos.

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The Dark Knight Rises; fin del ciclo Nolan

Con el estreno de TDKR concluye la trilogía que reivindicó las adaptaciones de cómics en el cine, demostrando que un buen guión, una dosis de realidad y personajes bien construidos se puede trascender el género y llegar por igual a los fans, público general y críticos de cine. En Batman Begins sentó las bases que harían exitosa a la saga y con The Dark Knight las perfeccionó, la tarea con Rises no era nada sencilla: concluir satisfactoriamente la serie, tarea que logra con creces.

Sin embargo, la película no está exenta de fallos, después de un excelente inicio donde nos presentan al personaje de Bane en una escena de acción emocionante y a la par con la del camión que se voltea en The Dark Knight, nos enteramos que Bruce Wayne colgó su traje justo después de la muerte de Harvey Dent, encerrándose en su mansión por no poder superar la pérdida de Rachel Dawes, un comportamiento a mi parecer algo pusilánime para un tipo que escaló el Himalaya en búsqueda de conocimiento y habilidades para pelear contra el mal.

Cabe destacar que no hay crimen en Gotham gracias a una ley aprobada en honor a Harvey  Dent, lo que justificaría que Batman no existiera mas no que Bruce se encerrara a llorar en su habitación, ajeno a otros asuntos importantes como el bienestar de su compañía. Para alguien que ha sabido meterse en la psique de un personaje tan complejo como Bruce Wayne, se siente como un error de novato.

Afortunadamente a emo-Bruce lo tenemos que aguantar poco tiempo pues una vez que toma la decisión de encarnar al Caballero Oscuro la película toma otro ritmo más interesante. Además los personajes secundarios son de gran ayuda para redondear la trama, especialmente al inicio cuando no tenemos a Batman. Tendría que sacar la cuenta, pero creo que de las tres películas ésta es en la que Christian Bale sale menos en pantalla.

Nolan ha logrado plasmar todas las facetas y etapas de la vida de Batman/Bruce Wayne; en Begins nos presentó al protagonista lleno de miedo e ira, emociones que termina por canalizar al transformarse en Batman; en TDK lo encontramos cómodo en su papel, alternando la vida del millonario con la del superhéroe enmascarado hasta que enfrenta a esa fuerza del caos encarnada por el Joker. En esta última entrega se enfrenta al dolor y a la pérdida, Bane lleva al extremo de la vulnerabilidad a Batman, dejándolo reducido a nada, y queda de Bruce recordar la lección de su padre acerca de caer para aplicarla ya no como un joven rabioso sino con la madurez de la experiencia.

Asimismo, Batman enfrenta a un Bane convertido en mesías de los indignados que promete esperanza a costa de mano dura y represión, una esperanza falsa en verdad pues su plan no incluye sino destrucción.  En una metáfora poco sutil Bruce se ve en la necesidad de asumir las consecuencias de su confinamiento cuando
la ciudad Gotham que creía haber salvado se corrompía desde los cimientos.

Para equilibrar estas dos fuerzas Nolan se vale de Catwoman, interpretada hábilmente por Anne Hathaway, aunque en honor a la verdad me quedo con Michell Pfeiffer. Mención especial como siempre a Gary Oldman, Michael Caine y Morgan Freeman, los tres padres de Bruce, cada cual con su particular forma de ayudar a ver de otra forma el mundo de Batman. Para terminar con los personajes, el joven Blake nos muestra a un huérfano en otras condiciones distintas al privilegiado Bruce y como sus caminos convergen a pesar de tener visiones a veces encontradas acerca de la vida. Gordon-Levitt hace el papel a la perfección.

Superar The Dark Knight era una tarea titánica y probablemente imposible para Nolan, sin embargo el director y su equipo confeccionan un cierre casi perfecto a la trilogía, tres horas que no se sienten, conectadas con todo lo que vino antes y dejando el final lo suficientemente cerrado como para no caer en la tentación de una cuarta película hecha por Nolan & Co. pero abierto al estudio. Recomendada para cualquier aficionado al cine y los cómics.

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La Vinotinto is all in o el nacionalismo cavernícola

En “Fight Club” hay una escena en que el personaje interpretado por Brad Pitt cuenta que roba grasa humana de clínicas de liposucción para hacer jabón que luego vende a las mismas que se la quitan. Esa escena resume lo que sentí después de ver el comercial de Adidas acerca de la Vinotinto. Me vendieron mis propios defectos y se los compré completos, para rematar les di las gracias. Pero la emoción duró muy poco, momentos después de haberlo terminado empecé a pensar en lo que había visto, en lo que me había hecho sentir y en las ideas mostradas en el video. Al entrar a Facebook y ver las reacciones de los panfletarios me di cuenta que no era el único al que le parecía que detrás del paquete edulcorado del comercial había algo podrido.

Y es que detrás de una producción impecable, un copy conmovedor y un excelente sentido de la oportunidad, late por debajo el nacionalismo ramplón y básico del que nos hemos llenado los venezolanos en estos años, ese mismo que nos hace sentir avergonzados por apoyar a un determinado equipo en un mundial de fútbol así nuestra selección no esté participando; porque ahora resulta que nadie se ha puesto nunca una franela de otro país ni ha gozado con Brasil ni sufrido con España ni votaron jamás por AD/COPEI o vieron novelas. Ahora es un pecado celebrar que otro sudamericano se haga con la copa del mundo bajo argumentos tan infantiles como “en esos países nadie nos apoya”. El comercial cala porque es una forma bonita de quitarnos la vergüenza de haber apoyado alguna vez a otros países.

La identidad nacional construida alrededor de la Vinotinto que refleja claramente un rasgo de nuestra sociedad actual: todos son nuestros enemigos. El año pasado con la Copa América se llegó al paroxismo de esta tendencia, de repente llenamos las redes sociales de un odio espantoso, lleno de xenofobia y completamente contrario a lo que debe ser el deporte. Insultamos a chilenos, paraguayos, bolivianos, brasileños,etc. como si tuviéramos años en guerra con esos país o unas rencillas históricas, cuando hasta hace muy poco nos alegrábamos de sus triunfos. Yo que crecí apoyando a los equipos latinoamericanos en los mundiales(evento al que Venezuela sigue sin asistir) no puedo identificarme con esa manera de apoyar al equipo y mucho menos puedo celebrarlo.

Hemos perdido la proporción de todo. Ya no hay competencia sana, trasladamos la polarización a todos los ámbitos, el que piensa distinto merece ser injuriado sin importar las consecuencias. En el amor y en la guerra todo se vale, y actualmente estamos en una guerra imaginaria con el universo, por eso para insultar a Faitelson nos burlamos del problema de narcotráfico de México(como si Venezuela fuera un paraíso) o acusamos a los colombianos de robarnos el golfo o cualquier otra estupidez que uno ve en twitter. Decidimos tomar la bandera del nacionalismo pendejo, del nacionalismo que necesita despreciar lo externo para resaltar lo nuestro, como ya lo hacen muchos países en el mundo y del que se valen los peores líderes para aglutinar a sus seguidores como es el caso de Bush jr., Rajoy o Fidel Castro. Por eso si unos chamos hacen un video diciendo que se van del país nos genera una rabia ciega porque creemos que ser patriota es hacernos la vista gorda a los problemas y suprimir las críticas, no se puede criticar a Pastor ni a Farías ni a Santana ni a Chávez ni a Capriles, es un pecado tener una opinión diferente a la del grupo.

La particularidad del caso venezolano es que siempre hemos sido importadores y hoy en día más que nunca, no tenemos un sentido de lo que es ser venezolano lo suficientemente fuerte como para no tener que recurrir al insulto fácil y al discurso violento. Por tanto hoy hay quien cree que ser fanático del Madrid o del Barça es ser vendepatria y no apoyar a la selección. Sin embargo, son los mismos que luego no son capaces de entender que ir al estadio y esperar que la entrada sea gratis perjudica al futbol nacional. Lo que sí es cierto es que no le compro a Adidas el sentimiento detrás de su comercial. Si te gusta el futbol tienes derecho a apoyar a quién quieras, pero la base del juego no es anular al otro más allá de la cancha. Entender que no todo es una guerra, que no todo amerita violencia y odio, y que el único que se desvirtúa con el insulto es el que lo profiere.

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Caracas Ciudad de Despedidas Chatas

Puedo ver la escena con claridad: un grupo de panas veinteañeros se reúnen en una de sus casas, el audiovisual del grupo le dice al periodista “marico la vaina está JO-DI-DA, me quiero ir pa’l coño”  otro escucha y dice “¿Y si hacemos un documental de esto? Marico es que todo el mundo se está yendo ¿sabes?”. Días más tarde, luego de horas de entrevistas con los amigos y otras tantas frente al Final Cut haciendo uso de toda la estética de videos musicales alternativos, finalmente los chicos tienen un producto terminado.

Yo me quería ir de Venezuela antes que todos se quisieran ir

Y así, con la misma ¿ingenuidad? lo cuelgan en youtube donde en cuestión de horas se hace viral, en el video se ven, ya no como ellos quisieran, sino como un grupito de “sifrinitos” dando razones tontas de por qué se quieren ir y explicando su punto de vista como mejor pueden, imaginando que emigrar es igual que estar de vacaciones con cupo cadivi. El producto final resulta hasta ofensivo, poco contenido y mucha vanidad. La respuesta en las redes sociales es unánimemente negativa y burlesca con toda razón.

Sin embargo, detrás de todo el mandibuleo y el “me iría demasiado” hay una realidad a la que no queremos dar la cara; Venezuela no ofrece a sus jóvenes ni un presente ni un futuro viable, ofrece más penurias y que todo vaya a peor antes de ir mejor.  Hablar de porvenir en un país donde se depende de la salud de una sola persona es casi tan ingenuo como los testimonios de estos chicos.

Lo más fácil es caerles encima, burlarse de ellos, sacar el resentido interno y llamarlos sifrinos, hijitos de papá y mamá, alienados, es decir, echar mano del léxico psuvista para sacar a pasear al Chávez que habita en nosotros, darse golpes de pecho los que se quedaron “porque nosotros SÍ queremos a Venezuela” y los que se fueron gritar que “afuera lo que se hace es pasar roncha, ¡no banalicen!”.

Por eso voy a intentar rescatar algunos aspectos que me parecieron relevantes de la  producción. Lo primero es que no necesariamente son todos mil millonarios, es probable que el de la cámara lo sea y que el resto sean clase media alta, lo que sí es seguro es que estos chamos si tienen veinte como dicen quiere decir que desde antes de acabar la primaria ya estaba el problema Chávez con sus respectivas coletillas de aumento de la inseguridad, violencia, etc. Han vivido encerrados, del colegio a la casa al mall, distinta a mi crianza donde se podía ir a pasear al centro o a Sabana Grande. No han conocido otra realidad en el país que la del miedo y si han salido del país han visto que en otros sitios la vida es otra.

Durante el paro del 2002 yo tenía veinte años y recuerdo quejarme hasta la muerte porque no estrenaban Las Dos Torres porque los cines estaban cerrados, quién sabe de cuántas más tonterías me habré quejado mientras hacía la cola para echar gasolina o salía a protestar contra el gobierno. Quizá la diferencia entre mi versión de esa época y de los nuevos veinteañeros es que yo tenía esperanza en que todo el problema fuera pasajero y ellos probablemente no y es lo triste. Esa es la edad perfecta para ser frívolo, para ser idealista, para creer en un mundo mejor y no para ser pisoteado una y otra vez por un Estado que te odia ni para vivir en un ghetto clase media ni de que te maten a un amigo o tengas que donar sangre para el familiar que balearon saliendo de su casa. Ojalá pudieran agarrar más calle, ojalá no tuviesen que escapar a la frivolidad.

Si de algo me sirvió haber visto el “documental” es para enfrentar mi propio proceso migratorio y las razones que me llevaron a ello. No hay cifras oficiales que nos digan cuántos venezolanos hemos emigrado, algunos dicen un millón, otros son menos fatalistas, lo cierto del caso es que dudo que en el último siglo haya habido otra época donde estuviesen tantos venezolanos viviendo fuera del país

Pero este tema no tiene debate, si en algo concuerdan chavistas y opositores es que el que se va no importa, importa el que viene o el que se queda, signifique eso lo que signifique. Se zanja la discusión diciendo que abandonamos el país o que somos cobardes o que somos pitiyanquis o cualquier otro insulto imaginable. Los que se quedan te hablan muchas veces desde la superioridad moral que da estar “trabajando para sacar el país adelante”. Y los que se van para contraatacar, como si fuéramos enemigos, acusan a los otros de ser conformistas, de no querer progresar o simplemente de estar locos.  Como si de alguna forma emigrar o no fuese un mérito en sí mismo.

De esa forma nadie se sienta a pensar que estamos perdiendo gente, la mayoría profesionales que serían la generación de relevo del país. Nadie piensa en el drama de la despedida en el aeropuerto ni de la abuela que vive sola en un apartamento demasiado grande para ella ni de los padres que se dejaron la vida en sacar adelante a sus hijos para que ahora se vayan a estar lejos de ellos. Ni de lo duro que es meter tu vida en una maleta, dejarlo todo por un futuro que sabes no tendrás si te quedas.

Decir que me fui por una sola razón sería mentira, quizá fue el tipo que me ofreció matarme en un semáforo porque no pasé con la luz roja cuando no venía nadie, quizá fue cuando Chávez propuso el referendo para reelegirse hasta el final de los tiempos o quizá fue el día que perdí la esperanza, cuando ya no veía posible que la situación mejorara, cuando me levanté un día y me di cuenta que el país en el que crecí cada vez existe menos,  que cambiaron la bandera, el nombre del país y de la moneda, cuando me dejó parecer graciosa la picardía criolla y la viveza se me transformó en abuso o a lo mejor fue el día que di tres vueltas a la cuadra antes de entrar al edificio por miedo que me estuvieran siguiendo o el día que me acosté sin pasarle llave a la puerta y no pude dormir.

Y a lo mejor todas esas cosas son tonterías pero son parte del cúmulo de razones que me llevaron a querer darme un respiro del país, a ver todo desde la distancia, dejar el país como quién deja a una pareja problemática. Entender que la estabilidad económica no lo es todo y que las cosas que más extrañaría del país no son un logro nuestro, como mi familia o el Ávila o las playas, todos accidentes geográficos.

Todavía celebro los goles de la vinotinto o cuando los Leones ganan, no pasa un día que no lea las noticias de Venezuela y cuando veo la planicie eterna de Madrid me hace falta subir la vista y ver el Ávila ahí, impasible, cuidándonos. Pero por ahora no ha pasado tanto tiempo ni nada que me haga pensar que todo va a estar mejor, aunque me duela admitirlo.  Por ahora me conformo en finalmente aparecer en el CNE para votar por acá y poner aunque sea ese granito de arena. Si notan que casi no hablo de la familia y los amigos es porque no se me hace fácil.

 

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OneChot la culpa es tuya

Y dibujaron su muñequito de tiza en la acera

Tengo meses queriendo escribir esto pero no me atrevía a ver el asunto de la violencia y la inseguridad a la cara, pero hoy con lo que le pasó a OneChot creo que no di para más. Cada año que pasa el círculo de la barbarie se va cerrando a nuestro alrededor hasta convertirnos en una estadística y con suerte en un párrafo de la página de sucesos. El gobierno desde hace tiempo nos quiere vender una gran falacia con respecto a la inseguridad, quiere convertirnos en corresponsables de la seguridad ciudadana para de esa forma echarnos los muertos a nosotros, si aceptamos esa responsabilidad de manera automática aceptamos también la culpa.

Y he ahí el porqué del título, no he dejado de leer en twitter estupideces como que OneChot se lo buscó o lo atrajo cósmicamente  por haber elegido ese nombre artístico o que andaba “ostentando riqueza” o cualquier estupidez. Cuando lo cierto del caso es que OneChot es un tipo que se atreve a hacer reggae de protesta, algo que hoy en día parece olvidado, cuando Bob Marley nos dejó joyas como Get up Stand up o I shot the sheriff. Pero esto es un comportamiento generalizado, basta que roben/maten a alguien para que empiecen a hacer las preguntas de rigor: qué hacías en esa zona, es que de madrugada no se puede salir, porqué no entregaste el blackberry, para qué sacaste plata de ese cajero, etc. En fin, nos hemos acostumbrado tanto a la inseguridad que creemos que los anormales somos nosotros y lo normal es ser atracado en cualquier lugar y en cualquier momento. Hemos convertido a la víctima en la culpable, como si pudiéramos evitarlo, como si todos los “truquitos” de los que nos ufanamos los venezolanos para tratar de no ser una estadística más sirvieran de algo o fueran la solución. Pensando así el gobierno lo único que tiene que hacer es sentarse a reírse de nosotros.

Decía al principio que esa tesis de la corresponsabilidad como la plantea el gobierno es una falacia porque en la constitución claramente en el artículo 55 establece que es el Estado a través de los organismos de seguridad quiénes garantizan el derecho a la vida y a la protección de los bienes privados, además aclara que la participación ciudadana en programas de prevención está sujeta a la regulación del Estado. En pocas palabras, el Estado es el máximo garante de la seguridad y en ningún lado se dice que le toca a los ciudadanos esa tarea de cuidarnos a nosotros mismos.

Pero el gobierno cada vez que nos recuerda que no debemos hacer ostentación de bienes materiales, ni circular con los vidrios abajo, reconoce que no tiene cómo manejar la situación ni tampoco tiene intenciones de hacerlo. Ya lo decía Caplís ( y luego Horacio de la manera más servil lo llamó borracho incoherente) que en Venezuela hay un guiso enorme con las armas, ¿cómo es posible que en un país donde el porte de armas está suspendido desde hace años algunos estimen que existen entre 9 y 15 MM de armas? Casi una por persona. No hay que ser un genio para sentir como mínimo suspicacia por saber de dónde vienen esas armas, por dónde entran y cómo llegan a manos de los malandros, las posibles respuestas son pocas: o el gobierno y los militares son unos idiotas e inútiles que no tienen control de las fronteras, porque en Venezuela no se producen ni tornillos mucho menos armas, o están directamente involucrados en el negocio de la violencia.

A mí este tema me toca personalmente, el año pasado lamentablemente tuve contacto casi directo con la violencia venezolana. En mayo pasado, el que fuera mi profesor de química en noveno grado se sentó a comer con su familia en un restaurante en Maracaibo cuando unos malandros entraron a robar, el dueño sacó un arma y empezó un tiroteo, el resultado, un profesor y un padre de familia asesinado frente a su familia. Nadie tiene porqué pasar por eso. Cuando expresé mi indignación en Facebook, alguien me respondió que era lamentable pero que esas cosas pasaban. Error: Esas cosas NO pasan en sociedades avanzadas, NO tienen porqué pasar y definitivamente NO son normales. Justo el tipo de respuesta que no ayuda, porque ojo, sí tenemos responsabilidades al respecto pero no son las que el gobierno nos quiere imponer.

Luego en junio del año pasado un malparido al que le dicen el “Güigüi” se le ocurrió meterse en una casa de una urbanización de “plata” de Margarita a robar, al verse sorprendido por mi primo de 26 años empezaron a forcejear y le disparó con un chopo, matándolo en cuestión de minutos, el gran pecado de Luis Vidal fue haberse quedado en su casa con su mamá un sábado por la noche e intentar protegerla. La foto del malandro que lo asesinó la tengo tatuada en el cerebro, de vez en cuando tengo alguna pesadilla con el tipo, que gracias a la presión de la gente de la isla no le quedó otra que entregarse. Todavía hoy puedo me molesto cuando alguien me pregunta ¿pero para qué se puso a pelear con el malandro? y ufanos dicen: ese fue su error. Hay que ser imbécil para pensar así. Un tipo se mete en tu casa y pone en peligro a tu mamá y vas a quedarte quieto, ni que eso te garantizara la vida, otro truquito inútil.

Finalmente en octubre mi cuñada fue con el novio a comer hamburguesas en Maracay y se sentó tranquilamente en su mesa cuando entraron unos tipos y de nuevo se armó un tiroteo. Cinco balazos recibió, quince días en hospitalizada, operación de cráneo, de pie, de brazo, etc. Todavía está de reposo, todavía a pesar de su milagrosa recuperación no ha podido retomar su vida. Algún cretino preguntó qué hacían a las nueve de la noche comiendo en la calle, o un clásico, por qué no se tiró al piso. Ese es el nivel de impunidad que hay en el país, si te pasa algo es tu culpa por estar en la calle, en tu casa, en un restaurante o donde sea. Nótese que los tres casos fueron en distintas regiones del país.

Cuento ésto porque es lo que me ha llevado a pensar tanto en el tema de exactamente ¿cuál es nuestra responsabilidad en la solución del problema de la inseguridad ciudadana? Creo que nuestra primera gran responsabilidad es no juzgar a la víctima como si de su culpa se tratara. La culpa es del malandro y de más nadie, no indignarse porque alguien tuvo la ocurrencia de ir al cine a función de 10 sino porque hay fuera personas capaces de matar a alguien y de irrespetar nuestras vidas como si no valieran nada, esos son los primeros culpables. Luego, poner la responsabilidad dónde va: en el gobierno que por omisión o con intención no ha aplicado ninguna medida contundente para frenar el problema.

Además somos responsables por acabar con la impunidad, cumplir las reglas cuando nos beneficie no está bien, parece tonto pero irrespetar un semáforo da pie a cada vez atreverse a más y más. Creer en las reglas y en las leyes es el primer paso para acabar con la corrupción y la impunidad. Cuando nos coleamos, circulamos por el hombrillo, no damos paso a los peatones y el resto de pequeñas cositas que creemos insignificantes estamos alimentando el caos y el descontrol. El que quiera puede inscribirse en un programa de voluntariado o lo que sea que le sirva para ayudar, pero lo menos es cumplir con las leyes y las normas elementales de convivencia.

Para terminar, el video de otra víctima de la violencia que nos consume y no respeta ni creencias ni ideologías.

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