Abrí la puerta y eras vos

Suena el timbre, no espero a nadie y me levanto sobresaltado porque sé que eres tú, sé que detrás de la puerta estás esperando por mí, casi te puedo ver, sé que no vienes a quedarte, sé que no será la primera ni la última vez que vienes para irte, abro la puerta y ahí estás, con los ojos rojos de llorar como tantas otras veces, bajas tu mirada para no cruzarla con la mía, no digo nada, sólo te dejo pasar, me abrazas con fuerza, me das un beso en la mejilla y me sueltas. Conoces el camino por mi apartamento, te sientas en la cocina, te pregunto si comiste, si quieres algo, te sirvo un trago de whisky en las rocas como te gusta, preparo la cena y tú me cuentas tus penas, me cuentas lo que él hizo esta vez, sus problemas, sus mentiras, sus promesas sin cumplir, su falta de empatía y todo aquello que te hace sufrir, y yo te escucho revolviendo mi trago con el dedo, y te veo, sí te veo, es lo que más me gusta, sigues siendo hermosa, incluso así, con la cara algo hinchada, con el cabello a medio peinar, vestida sin tu parafernalia habitual.

M.Angel Herrero / photo on flickr

Poco a poco movemos la conversación al cuarto, me adviertes que esta vez será distinto, que solo quieres ver una película y que te abrace, no te respondo, nunca sé qué responderte, pongo Notting Hill, sé que acá tu película favorita no es La Naranja Mecánica como dices en las reuniones con amigos, me dices que te conozco y yo lo pongo en duda pero callo, no quiero romper el momento, te acuestas a mi lado, o mejor dicho te acurrucas a mi lado, y yo te abrazo, pienso en él, me pregunto si sabrá que estás acá, si sabrá que es acá en esta habitación que te refugias, y sonrío, sonrío porque sé que en este instante eres mía porque él no puede tocarte. Acá él no existe. Digo algo que ha debido parecerte gracioso, tu risa me golpea.

Te quedas dormida en mis brazos y te acomodo en la cama, yo no dormiré, nunca he podido contigo aquí. Finalmente apago la luz y me acuesto viendo el techo, mi corazón late a mil por hora, te escucho respirar, huelo tu cabello, estoy intoxicado, me volteo para tratar de dormir, sabiendo que no lo lograré, siento que te mueves, que me acaricias, te acercas y al oído me preguntas si duermo, no te respondo porque sé que sabes la respuesta, tu mano fría y suave se desliza por mi entrepierna, ahora ya lo sabes con certeza, me volteas y me besas, esta vez con pasión, con ganas, con el deseo contenido, te encanta este juego, siento tu cabello largo y ondulado rozar mi pecho, no me desnudas, no hace falta, intento tocarte pero no me dejas, tú quieres el control, hoy necesitas controlar algo en el caos de tu vida y yo me dejo, al menos un rato,  te traigo hacia mi, sin resistencia te penetro, y tú haces que me vuelva a acostar, sí, sigues en control, tranquila, susurro sin que me escuches. Pronto nuestros gemidos llenan el cuarto, me levantas la camisa y siento tu pecho desnudo contra mí, te quedas quieta unos segundos, puedo sentir tu corazón, no estamos haciendo el amor, eso está prohibido para nosotros, gente como tú y como yo no creemos en cursilerías, lo demás es para cuentos de hadas, para novelas adolescentes o al menos eso me dijiste hace tiempo en esta cama. Acá no hay amor, es verdad, pero hay entrega y desenfreno, hay besos, caricias, rasguños, mordiscos, piel, violencia, paz, caos, ritmo, armonía, confianza, todo, nada, el universo, sudor, gemidos, suspiros, gritos, silencio, calor, sábanas, oscuridad. Siento unas gotas que caen en mi pecho y me pregunto si son lágrimas, en verdad no quiero saberlo, siento cómo te tensas, ya no estás encima de mí, ahora soy yo quién tiene el control, no parece molestarte, me atrapas con tus piernas, te siento cerca, tan cerca, quisiera hablarte, pero hace rato que aprendí a no hacerlo, tus uñas en mi espalda me dan la señal, aceleramos el movimiento, por un segundo nada existe, todo es silencio y después, después viene todo, es una ola que nos atrapa, nos revuelca y nos devuelve a la orilla, separados, como si acabáramos de naufragar. En la oscuridad me sonríes y yo te doy un beso, te quedas dormida, te ves en paz, te ves tranquila, te ves ajena.

Falta poco para que amanezca y mientras se va a aclarando la habitación la distancia entre nosotros se hace mayor, se me hace imposible respirar, sigo viéndote, imaginando que te levantas y desayunamos juntos, que te quedas, que salimos juntos al trabajo, mañana no podré trabajar, muero del cansancio pero no puedo dejar de verte.

Finalmente te despiertas y yo me hago el dormido, caminas desnuda hasta el baño y yo te veo como la última vez y como la vez anterior y la anterior a aquella y yo en ese momento entiendo todo, entiendo la perfección, es casi como tocar a Dios, pero dura demasiado poco, el momento se me escapa y ya no vuelve, la comprensión que tenía se ha esfumado, ahora no entiendo nada, no te entiendo, no te quiero entender y vienes al cuarto a vestirte, y yo te veo con los ojos entrecerrados, fingiendo que duermo, y es como ver un accidente en cámara lenta, cuando terminas me despiertas, me pides que te abra la puerta y no me queda de otra, no mediamos palabras, al llegar al umbral, me das un beso y al oído me das las gracias, torpemente te digo que cuando quieras, ¿habré roto la magia? quizá, y te imagino regresando a él, abrazándolo, pidiéndose perdón, quizá sepa de mí, espero que no, te dejo ir como siempre, sin certezas ni promesas, y con el sobresalto intacto cierro la puerta tras de ti.

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Acerca de Luis H. Acuña

Incomunicador Social. Videojugador. Escritor improductivo. Serie adicto. Lector indiscriminado. No sé Kung-fu ni cómo derrotar a Zurg.
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